“¿Terminará su mandato Donald Trump?, ¿Qué pasa si no?”

Por Roberto Salomón

Durante la campaña presidencial en los Estados Unidos, el entonces candidato Trump se jactaba diciendo que él podría balear a una persona en plena Quinta Avenida y aun así la gente lo seguiría apoyando. Y el desarrollo de esa campaña pareció confirmar su cobertura de teflón, al imponerse primero en las primarias, derrotando a candidatos mejor preparados y con mayor financiamiento, y luego triunfar en el Colegio Electoral frente a la fuertemente favorita Hillary Clinton, pese a haber ofendido a las mujeres, los latinos, un respetado héroe de la guerra de Vietnam, los líderes mundiales, el sistema electoral de su país, e incluso las autoridades de su propio partido. Sus ataques contra los medios tradicionales, incluyendo The New York Times, Washington Post y CNN, a los que calificó como “fake news” (noticias falsas) fueron virulentos y los acompañaba señalando a los periodistas que cubrían sus eventos. Lo mismo ocurrió durante los primeros seis meses de su presidencia, con sus coqueteos con Vladimir Putin, el cuestionamiento de las conclusiones de sus Servicios de Inteligencia sobre los ataques rusos al sistema electoral norteamericano, su insolencia en la reunión del G-20 y falta de respeto a los principales líderes mundiales, su descortés comunicación telefónica con el Primer Ministro Australiano, etc. etc. También continuaron sus ataques contra los medios, incluyendo un video de los programas de lucha libre, editado para mostrar una imagen de alguien que parecía Trump agrediendo físicamente a una persona fácilmente identificable como CNN, en una poco sutil incitación a la violencia. Quizás el hecho más llamativo de la impunidad de Trump al principio de su mandato haya sido una acción que muchos catalogaron como obstrucción de justicia: la remoción del director del FBI, James Comey seguida de su comentario en un reportaje ampliamente difundido de que quizás el factor más importante de su decisión fue la investigación de dicho funcionario sobre la posible vinculación de miembros de su campaña con la interferencia rusa en las elecciones. Sin embargo, su cobertura de teflón ha empezado en las últimas semanas a mostrar algunas rayaduras, aunque todavía no muy profundas. Quizás el proceso empezó por sus insólitos ataques a su Attorney General (Posición posiblemente asimilable a la del Ministro de Justicia) Jeff Sessions por cumplir con la ley al recusarse en toda investigación relacionada con la interferencia rusa en el proceso electoral. Este ataque fue una clara manifestación de su deseo de deshacerse de Sessions o humillarlo para forzar su renuncia y asi evitar el enorme problema político y posiblemente legal de destituirlo. El objetivo final era reemplazarlo por alguien que pudiera despedir al Fiscal Especial (Special Prosecutor) Robert Mueller, designado para investigar el “affair Rusia”. Para entender la reacción negativa de los senadores Republicanos, no puede ignorarse que Sessions es un ex Senador de ese partido y es reconocido el espíritu de solidaridad que reina en ese cuerpo legislativo. Otros factores concomitantes fueron la revelación de la reunión del hijo de Trump, Donald Jr., su yerno Jarred Kushner y el entonces Jefe de su campaña, con personajes rusos relacionados al Kremlin y las cuestiones sobre cuándo y cuánto supo al respecto; la revelación de su participación en la redacción del primer comunicado sobre esa reunión, cuya falsedad quedo documentada casi de inmediato por su propio hijo; su ataque al Congreso por el fracaso en el intento de derogar y reemplazar Obamacare; su inesperado e inconsulto mensaje por Twitter anunciando que no se asignaría a las personas transgenero ningún papel en las fuerzas armadas. Esa catarata de tropezones ha permitido que aparezcan los primeros cuestionamientos y actitudes desafiantes, sobre todo en el Senado desde el cual le advirtieron que despedir a Session traería aparejadas serias consecuencias, y la decisión del líder del Senado de declarar al cuerpo en “sesión pro-forma” durante el receso de Agosto para impedir una posible maniobra de Trump de despedir a Sessions aprovechando una disposición legal que permite al Presidente efectuar designaciones temporarias sin acuerdo del Senado mientras el mismo está en receso. Obviamente, esa facultad presidencial no rige mientras la Cámara Alta esta en sesión, aunque sea “pro-forma”. Un factor que muy probablemente influya en este cambio de actitud es el continuo deterioro en la opinión pública de la evaluación de la gestión de Trump, que ha alcanzado en las últimas encuestas un precario 33% de aprobación contra un 61% de desaprobación. Los números internos de esas encuestas son todavía más alarmantes, dado que el porcentaje de aquellos que lo desaprueban fuertemente supera en más de 2 contra 1 a los que lo apoyan fuertemente. De todos modos, el respaldo al Presidente sigue siendo firme en la Cámara de Representantes donde debería iniciarse cualquier procedimiento tendiente a removerlo de su función, de modo que las primeras menciones de la palabra “impeachment” que se empiezan a escuchar parecen muy prematuras. Es poco probable que ese respaldo legislativo cambie a menos que la investigación de Mueller concluya con una recomendación contra Trump, cosa bastante difícil de prever, al menos por ahora. No tan improbable es que dicha investigación termine recomendando cargos para el hijo de Trump, Donald Jr., o su yerno Kushner, lo que seguramente generaría un perdón presidencial. Si bien el Presidente tiene claramente esa facultad constitucional, el daño político de tal acción sería devastador. Finalmente, si el bajo porcentaje de aprobación de la gestión presidencial se mantiene al aproximarse las elecciones de 2018 se mantiene, el instinto de preservación de los congresistas los llevaría a cambiar de actitud. De todos modos, esa posibilidad, todavía muy remota, daría lugar a un proceso lento y engorroso, a menos que se tratara de una renuncia abrupta. Tal proceso comenzaría con la decisión de la Cámara de Representantes de introducir y aprobar artículos de impeachment, que luego pasarían al Senado para juzgar los mismos y aprobar con dos tercios la remoción del Presidente. Pese a que no hay indicios de que un proceso de impeachment tenga lugar en el futuro inmediato, no deja de ser interesante plantarse las posibles repercusiones políticas y económicas que un juicio político traería aparejadas. Hubiera sido interesante analizar los efectos de la renuncia de Richard Nixon, ocurrida en Agosto de 1974, en el desempeño de la economía norteamericana. Pero, si bien es cierto que el periodo 1974/75 se caracterizó por una fuerte recesión, acompañada de alta inflación, esa situación comenzó en 1973, influenciada por una política monetaria restrictiva, y no es fácil deducir cuanto del estancamiento se debió a la anticipación de la renuncia por parte de los mercados, ya que no está claro cuando los mismos empezaron a prever el desenlace. Por lo tanto, cualquier deducción de la que podría ocurrir en el hipotético caso al cual se refiere el presente trabajo está basada en el sentido común y extrapolación de situaciones de alguna manera comparables. Es probable que lo más traumático de una eventual remoción o renuncia de Trump sería el proceso mismo, al margen del posible resultado. La mera posibilidad de una remoción presidencial causaría incertidumbre generalizada, no sólo en los Estados Unidos sino en todo el mundo. Dado que los agentes económicos detestan la incertidumbre, no sería extraña una baja en las bolsas de valores de todo el mundo, freno a las inversiones privadas y públicas y a la contratación de mano de obra.

 

Fuente: Econométrica

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