¿Es importante lo que se exporta?

El índice de complejidad económica y las provincias argentinas

Introducción ¿Qué información contienen los productos que un país produce y exporta? Es decir, a partir de las exportaciones por producto de cada país, ¿qué nos pueden decir sobre su capacidad productiva y exportadora?

La literatura reciente sobre el estudio de los productos que exportan los países, iniciada por Ricardo Hausmann de la Universidad de Harvard y Cesar Hidalgo del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), aporta una nueva manera de entender por qué es importante estudiar la canasta productiva y exportadora de un país, y cuál es su relación con distintos indicadores económicos, como el Producto Interno Bruto (PIB), diversidad de las exportaciones, cantidad de empresas, niveles salariales, entre otros. Asimismo, se han suscitado debates sobre los instrumentos de política pública que se deben llevar a cabo para impulsar la economía en base a los bienes que un país exporta: ¿Cuál es el papel del Estado? ¿Debe intervenir para potenciar a ciertos sectores? Si es así, ¿bajo qué criterios se elegirían a estos y de qué manera se los incentivaría? ¿Hasta qué punto es conveniente que el Estado potencie a sectores “ganadores”? Los partidarios de estimular los productos de sectores que los países desarrollados exportan competitivamente argumentan que se generarían beneficios en cuanto a la acumulación de conocimiento y al mayor valor agregado. Sin embargo, otros piensan que este enfoque induce a la intervención estatal, sin contemplar si el país puede ser competitivo o no en la producción de dicho bien. Así, por ejemplo, se podrían dejar de lado a algunos sectores importantes, como el sector agropecuario en Latinoamérica. El objetivo de este trabajo es analizar los alcances, limitaciones y complementariedades de los nuevos enfoques de las canastas de exportación, comenzados por Hausmann, Hwang & Rodrik (2007). Asimismo, se estudiará el enfoque de la “complejidad económica” a partir de las exportaciones propuesto por Hausmann et al. (2014) para el caso de las provincias argentinas, con su potencial impacto sobre el diseño de las políticas públicas en las economías regionales. Los primeros acercamientos relacionados con las canastas de exportación comenzaron con Hausmann & Klinger (2006, 2007) e Hidalgo et al. (2007). Estos introdujeron un tipo de externalidad como justificación para categorizar a los bienes de acuerdo con su “deseabilidad” en cuanto a la facilitación del crecimiento económico, llamada habitualmente la analogía del “mono y del árbol”. En este contexto, el espacio de productos de un país se compara con un bosque en el que los monos trepan árboles como metáfora para el crecimiento de la productividad. Para capturar la evolución de las economías, ciertos bienes permiten una transición más fácil hacia otros y, por lo 3 tanto, un proceso dinámico de crecimiento continuo. Los monos (firmas) se trepan a los árboles (productos), pero en cierto punto necesitarán saltar hacia otros árboles (nuevos bienes), que luego podrán trepar. Los bienes que estén más cerca unos de otros (por su similitud y por su conformación en las cadenas de valor), facilitarán el salto de los monos y, por lo tanto, generarán una externalidad en la que las cadenas de valor juegan un papel importante. En base a lo anterior, Hausmman, Hwang & Rodrik (2007) estudiaron la canasta productiva y exportadora que tienen los países y su relación con el desempeño de las economías. Con un modelo de externalidades inter-industriales, concluyen que exportar bienes que se producen en países desarrollados, asociados a mayores niveles de productividad, genera difusiones de conocimiento que llevan a un mayor crecimiento del PIB. Este self-discovery, en el sentido que hay productos “más interesantes” que producir que otros, es lo que causa un efecto beneficioso en las economías. Este enfoque no estuvo exento de críticas, principalmente por parte de Lederman & Maloney (2012) del Banco Mundial. Estos argumentaron que lo importante no es lo qué se produce, sino cómo. Opinan que el modelo de Hausmann et al. (2007) no tiene en cuenta cuestiones claves, como la escasa diversidad de bienes exportados en los países en desarrollo, o la calidad de los productos que se producen y exportan. Luego, Hausmann et al. (2014) cambian el enfoque de Hausmann et al. (2007) e introducen el concepto de “complejidad económica”: un país será complejo si tiene la capacidad de producir y exportar bienes que pocos países pueden y, al mismo tiempo, tienen una canasta diversificada de exportaciones. Lo que busca medir la complejidad económica es la capacidad, en cuanto a conocimientos, infraestructura y logística, que tienen los países para producir y exportar ciertos bienes. Para capturar esta información, calculan el Índice de Complejidad de Productos (ICP) y el Índice de Complejidad Económica (ICE), los cuales capturan la complejidad en la producción de un bien y la capacidad exportadora y productiva de un país, respectivamente. Con este nuevo planteo, encuentran que los países más complejos tienen un nivel de PIB más alto, con una mayor relación cuando se controla por países con un 10% de sus exportaciones totales en recursos naturales. También hallan, para el período 1978- 2008, que a mayor ICE los países crecen a un mayor ritmo que las naciones menos complejas. Asimismo, denotan la importancia de la complejidad económica como medida de crecimiento y desarrollo contrastándola con otras medidas alternativas, como estabilidad política, control de la corrupción y calidad regulatoria. 4 En este contexto, la Universidad de Harvard creó una plataforma llamada Atlas de la Complejidad Económica1 , donde se pueden visualizar los países según su ranking de complejidad, los productos que exportan y producen con ventaja comparativa, lo que hace posible realizar comparaciones a nivel país y de bienes exportados entre distintas regiones. Si bien esta herramienta está empezando a ser cada vez más usada tanto en el ámbito académico como en el diseño de las políticas públicas, ¿cuáles son sus limitaciones? Existen cuestiones que hay que tener en cuenta a la hora de analizar la complejidad económica. En primer lugar, la complejidad económica no constituye una teoría tradicional de comercio internacional, en el sentido que no explicita el patrón de comercio entre países. En según lugar, dado que el ICE se construye a partir de las exportaciones totales, no se contemplan a las cadenas de valor globales, lo que dificulta la estimación del verdadero valor agregado de las exportaciones de cada país. En tercer lugar, al considerarse sólo la exportación de bienes, se dejan de lado las exportaciones de servicios que cobran cada vez más relevancia. Según datos de la Organización Mundial de Comercio (OMC), en 2016 las exportaciones de servicios representaron casi un 25% de las exportaciones totales. Para poder relacionar la complejidad económica con el desarrollo económico de una manera causal en cuanto a las políticas públicas, en los últimos años han cobrado importancia trabajos de Levy et al. (2015), Hartman et al. (2017) y Hausmann & Chauvin (2015), los cuales prometen nuevas herramientas a la hora de hablar de complejidad económica y desarrollo regional. Para el análisis a nivel subnacional, se estudiará la complejidad económica de las provincias argentinas, como así también la relación entre el ICE y variables clave no tenidas en cuenta por Hausmann et al. (2014): exportaciones, diversidad de productos exportados, cantidad de destinos de exportación, porcentaje de empresas exportadoras, tamaño de empresas y salarios. Siguiendo a Palmieri (2017), se asumirá que cada provincia es un país poblado por firmas que producen en el mercado doméstico y exportador2 . Este supuesto, como se verá, permitirá interpretar a las provincias argentinas en el contexto del modelo de comercio intra-industrial de Bernard et al. (2011), haciendo posible extender los resultados presentados por Hausmann et al. (2014)

Fuente: CERA

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