El desafío del Gobierno es anclar expectativas.

Pocas cosas son tan graves en economía como una crisis de confianza. En el imaginario popular un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional remite automáticamente a los peores momentos de la Argentina. Podemos debatir intensamente respecto de qué caminos alternativos podría haber elegido el Macrismo en su plan de gobierno, pero aquí estamos. Cuanto más se demore en reconocer la gravedad de la situación, mayor será el impacto en la economía real. A nuestro juicio el desafío se plantea en dos dimensiones: una técnica y otra de expectativas.

En el plano estrictamente técnico, creemos que el Banco Central debería enfocarse en estabilizar las variables nominales de la economía (tasas de interés y tipo de cambio) y el Tesoro en corregir el desequilibrio externo. No mediante una devaluación de shock o un ajuste fiscal vía un severo recorte del gasto público. La salida debe buscarse a través de las intervenciones en el mercado de futuros, manteniendo elevados niveles de tasas de política monetaria y eventuales ventas “en bloque” en el mercado cambiario. En tanto, en el frente externo se trata de generar correcciones en el tipo de cambio real efectivo con un shock de impuestos y reintegros. Se debe minimizar la utilización de fondos para reducir los condicionamientos y capitalizar el “shock de confianza” que puede representar para los mercados la ayuda del FMI.

A diferencia de lo que sugerían las declaraciones del ministro de Hacienda, Nicolás, Dujovne, y el Presidente, Mauricio Macri, el acuerdo con el FMI no implica un crédito contingente en cabeza del BCRA. El crédito stand by, en cambio, genera deuda cierta con desembolsos trimestrales en cabeza del Tesoro. En caso de necesitar acceder a la totalidad del monto, hay que sortear revisiones y condicionamientos de naturaleza fiscal y monetaria los cuales implicarían una serie de medidas de difícil aceptación para la sociedad y, por ende, para el Congreso.

Por otra parte, aunque se consiguieran los fondos, por sí solos no son útiles para estabilizar la demanda de activos en moneda doméstica, ni tampoco reducen el déficit en cuenta corriente. En otros términos, no solucionan la enorme necesidad de dólares que necesita la economía para funcionar. El acuerdo con el Fondo podría proveer recursos líquidos para intervenciones “por cantidades” (venta de dólares) pero no son útiles para estabilizar las expectativas de no ser complementadas con otras medidas. Respecto de la corrección de la brecha externa, ¿puede el Gobierno comprometerse con el FMI a generar ganancias de competitividad cambiarias? En este contexto, el traslado a precios de la devaluación es elevado, lo cual hace imposible un compromiso de esta naturaleza. Tampoco puede comprometerse a una reducción significativa del gasto público primario una vez aprobado el crédito. La reciente aprobación de la ley de tarifas que impulsó la oposición en el Congreso no parece sugerir que sea una medida implementable.

Afortunadamente, existen alternativas. Para cerrar la brecha externa, creemos que se podrían utilizar los recursos recibidos para financiar el estímulo a las exportaciones mediante una agresiva política de reintegros. Además, se puede minimizar la necesidad de fondos mediante un impuesto al consumo de bienes y servicios transables con escaso contenido de valor agregado doméstico (por ejemplo, turismo en el exterior, automóviles extra-zona, etc.). Si el Gobierno utiliza todos los instrumentos de política económica disponibles, quizás el desembolso del FMI sea meramente simbólico. Una vez estabilizada la situación financiera y con correcciones en la brecha externa, la Argentina puede no necesitar los desembolsos trimestrales estipulados en el acuerdo original, librándose de los condicionamientos.

La segunda dimensión es contener las expectativas en el frente interno. El salto de tipo de cambio se traslada a precios de forma casi automática, la cadena de pagos se frena y las decisiones de inversión se paralizan. No hay dudas de que la economía real va a sentir el impacto. La discusión ahora es, cómo frenar la hemorragia tratando de minimizar el daño permanente. En este sentido, el Gobierno es el responsable de anclar las expectativas. Debe convocar a empresas, sindicatos, gobernadores e intendentes para generar consensos, distribuir la carga del ajuste y minimizar los costos sociales. Se agotó el tiempo de los discursos. De las crisis se sale con liderazgo. Es lo que la sociedad está exigiendo.

Fuente: Analytica

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