BOLETÍN N° 50 : CRIPTOMONEDAS: DESARROLLO, VOLATILIDAD Y RIESGOS

El mundo del dinero se está transformado. El vertiginoso avance de la informática y la digitalización de la economía están creando nuevos paradigmas de transacciones financieras y alternativas de capital. Un mundo sin dinero en efectivo y donde cualquier persona pueda transferir la propiedad de su dinero con un simple click, podría ser realidad en las próximas décadas.

En este nuevo mundo digital, las criptomonedas emergen como la gran estrella. En sólo una década se han convertido en un fenómeno global que mueve cientos de millones de dólares diarios. El bitcoin, la más conocida, incrementó su valor 260% solo en 2017.

Una criptomoneda es una representación digital de valor que puede ser intercambiada digitalmente. Su principal característica es que su emisión no es controlada por ninguna entidad o gobierno, y sólo se emite una cantidad previamente determinada y a una velocidad también definida con anterioridad y conocida públicamente.  Funciona como medio de intercambio, unidad de cuenta y/o depósito de valor, pero no tiene estatus de moneda de curso legal. Cumple con las funciones anteriores sólo por acuerdo dentro de la comunidad de usuarios de la moneda virtual

El precio de una criptomoneda se determina por el  juego entre la oferta y la demanda. Su valor depende de la confianza que los participantes tengan sobre la calidad presente y futura de sus atributos para ser ampliamente aceptada como medio de pago, depósito de valor y unidad de cuenta frente a otras alternativas similares.

Esta exótica versión del dinero debe su nombre al método por el cual se genera: la validación de una transacción en este sistema se realiza mediante la resolución de un desafío criptográfico utilizando la tecnología Blockchain.

Blockchain es un libro de cuentas, una enorme base de datos, en la que se van apuntando todo tipo de transacciones. Todo funciona por consenso de las partes, y no se puede borrar ni modificar el pasado, ni tampoco operar fuera de las normas que se ha dado la propia red. Los nodos mantienen copias constantemente actualizadas de ese enorme libro de cuentas. Dentro de los nodos, se encuentran los mineros, estos realizan en sí las operaciones (que son vigiladas por los nodos en forma pasiva). Los mineros son procesadores que trabajan las 24 horas de los 365 días del año para resolver problemas informáticos a cambio de una retribución en criptomonedas. Estos problemas informáticos son complejos enigmas criptográficos que garantizan la seguridad de la red. Todas las operaciones que se realizan en la red se van agrupando en bloques, y para validarlas los mineros deben encontrar una especie de clave informática llamada hash. Cada vez que un minero encuentra un hash válido (debe reunir una serie de condiciones), se lleva, tras la comprobación de al menos el 51% de los mineros, 12,5 bitcoins (esta suma va cambiando). Así la cadena de bloques se actualiza constantemente, quedando los libros actualizados en todos los nodos.

Normalmente cuando realizamos transacciones en internet, requerimos de un intermediario que valide cada transacción (con un costo asociado) para asegurar que efectivamente quien realice la transacción tenga el dinero. En cambio, blockchain permite que este proceso de validación sea distribuido entre todos los usuarios del sistema brindando el control a los propios usuarios, por medio del libro de transacciones. Como cada operación registrada en el blockchain se encripta (es decir, recibe un código formado por una combinación de números realizada por la computadora  que sigue unas determinadas reglas para que el código sea válido), en ningún momento interviene la mano del ser humano, y por lo tanto la información contenida en cada bloque no sería pasible de manipulación o falsificación.

No solo el nombre de estas monedas está imbuido de cierto halo místico sino también la forma en que aparecieron. En 2008 una persona (o grupo de personas, no se sabe con certeza) que actuaba bajo el seudónimo de Satoshi Nakamoto publicó un paper a través de la Cryptography Mailing List  titulado “bitcoin: Un sistema de efectivo electrónico de Peer-to-Peer”. En ese documento se detallaban los pasos para crear “un sistema para transacciones electrónicas que no dependa de la confianza”. En 2009 Satoshi Nakamoto registra el primer bloque de transacciones (conocido como el bloque de genesis), creando así la red Bitcoin y la emisión de los primeros bitcoins. Luego de generar los primeros bitcoins (se estima que fueron millones),  Nakamoto desaparece y hasta el día de hoy se desconoce su identidad. Antes de desaparecer, Nakamoto entregó, en cierto sentido, las riendas del proyecto al desarrollador Gavin Andresen, quien luego se convirtió en el desarrollador líder de bitcoin en la Fundación Bitcoin, que es lo más cercano a una cara pública oficial de Bitcoin.

Desde la aparición del bitcoin, han proliferado muchísimas otras monedas virtuales. Inicialmente eran sólo copias del código de Bitcoin con algunos cambios, y a estas monedas se las llamó “altcoins” (construcción simplificada de las palabras “alternative” y “coins”). Las Litecoins pertenece a esta categoría. Pero a medida que pasó el tiempo el mercado comenzó a introducir verdaderas innovaciones ofreciendo aspectos distintivos, como mayor privacidad o eficiencia o la posibilidad de hacer contratos inteligentes[1] (Ethereum).

Criptomonedas más conocidas[2]

Una nueva criptomoneda nace casi a diario, a menudo a través de una “oferta inicial de monedas” (ICO por sus siglas en ingles)[3]. CoinMarketCap, un sitio web, enumera alrededor de 1.400 monedas digitales o tokens (fichas), entre las que se incluyen UFO Coin, PutinCoin, Sexcoin e InsaneCoin. Para enero de 2018, alrededor de 40 de ellas tenían una capitalización bursátil de más de mil millones de dólares.

  • Bitcoin: la más famosa y la que ha despertado la fiebre por las criptomonedas. Creada en 2008, está limitada desde sus orígenes a 21 millones de unidades, de las que ahora hay 17 millones en circulación. Usa tecnología blockchain, sus usuarios son anónimos, la controla una red de mineros que gestiona las transacciones y crea las monedas. Aunque es más lenta que otras monedas (solo hace diez transacciones por segundo) se usa primordialmente como moneda refugio para los inversores. Cuando ocurre algún disturbio en el mercado de bitcoins, el resto de las criptomonedas pierden valor en los mercados.
  • Ether: conocida como Ethereum por ser el nombre de su plataforma, es la segunda en importancia. Fue creada en 2011. También funciona bajo tecnología blockchain pero se diferencia de Bitcoin en que no existe un límite de monedas. Funciona a través de smart contracts (contratos inteligentes), unos códigos de programación que democratizan digitalmente los acuerdos y por lo tanto aseguran su cumplimiento. Es 50 veces más rápido operar con Ethereum que con Bitcoin (las transacciones tardan menos de 20 segundos en realizarse).
  • Ripple: vende software para mover dinero entre países; más de 100 bancos se han suscrito a su tecnología, basada en una moneda llamada XRP. Surgida en 2012, es la tercera en importancia. La gran diferencia de XRP es que no está basada en tecnología blockchain y por lo tanto no está descentralizada, no es libre, requiere conocer la identidad de quien opera con ella, es muchísimo más rápida que bitcoin (en seis segundos puedes enviar dinero a cualquier lugar) y por todas estas cosas se ve con mejores ojos por el mundo financiero. Dos entidades españolas como Santander y BBVA ya operan con ella. Existen cien mil millones de Ripples pero no todas están en circulación porque la empresa se guarda la mitad a modo de garantía.
  • Litecoin: creada en 2011 por Charlie Lee, exejecutivo de Coinbase, la plataforma en la que se adquieren la mayoría de las criptomonedas. Más barata, más ligera (las transacciones se hacen mucho más rápido), más fácil de encontrar (se creó para que en el futuro existan 84 millones de monedas). Se opera a través de blockchain. Su ventaja es precisamente la rapidez: procesa sus bloques cada 2,5 minutos en vez de cada 10 minutos.
  • Bitcoin Cash: es una nueva versión del bitcoin (a estas bifurcaciones del protocolo original se las llama fork). El 1 de agosto de 2017 se llevó a cabo esta variación y todo aquel que tenía entonces bitcoins, pasó a tener esa misma cantidad en bitcoin Cash. Desde aquella fecha, ya operan de forma independiente. Algunos expertos la ven como el relevo de bitcoin, quizás no como valor refugio, pero sí como moneda transaccional ya que permite operaciones más rápidas y con menores comisiones.
  • Dogecoin: Nació así en 2013, copiando la tecnología de Litecoin. Existen cien mil millones de monedas y es tan famosa que es la segunda más intercambiada después de bitcoin, la más barata en comisiones y es incluso más rápida que Litecoin.
  • Iota: es la criptomoneda para el Internet de las cosas (IoT). Nació en 2015 y la gestiona una organización sin ánimo de lucro alemana que quiere convertirla en la moneda usada en el futuro para las transacciones de millones de aparatos conectados a la red. Por ejemplo, un frigorífico que lance órdenes de compra directamente al supermercado y efectúe los pagos en esta moneda. O una línea de producción que detecte la falta de stock y lance órdenes de compra pagadas con Iotas. En vez de usar tecnología de bloques, utiliza Grafo Acíclico Diricto (DAG).
  • Dash: es una abreviatura de Digital Cash (moneda digital) se creó en 2014. Su diferencia respecto a otras monedas es que, aparte de la tecnología descentralizada y de la minería —que sí tienen monedas como bitcoin— permite realizar tanto transacciones instantáneas como privadas. Estas dos últimas funciones no las gestionan los mineros, sino que se tramitan a través de masternodes en un segundo nivel. También es ocho veces más rápida que bitcoin con 56 transacciones por segundo. Los expertos la consideran una de las monedas más seguras porque exige a sus masternodes tener al menos 1.000 dash para actuar como tales.

Cuadro N° 1

20 principales criptomonedas

 

Fuente: UNSAM

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