ARGENTINA LA ANTIGUA – NUEVA AGENDA Y REDISEÑO.

Devaluaciones bruscas e inflación descontrolada y persistente en el tiempo no son temas de preocupación medular en el siglo XXI. Ni siquiera se estudian de forma tan central y generalizada. Hoy solo registran importancia en países marginales, cada vez más pobres e irrelevantes en el contexto global.

Control de precios, brecha cambiaria, restricciones extremas a la movilidad del capital, debates alrededor de las bondades o no sobre la apertura de la economía, el rol del FMI, el dilema campo versus industria, son tópicos del pasado y que por lo tanto se encuentran en museos, libros de historia, en diarios viejos, o en los portales web de noticias del año 2020 en la Argentina.

En los años ochenta, 34 países tenían tasas de devaluación anual de sus monedas frente al dólar superiores al 20% promedio durante la década completa. En los noventa, fueron 40 países. Y en los primeros diez años del siglo XXI fueron ocho países. En los últimos diez años tan sólo siete países tuvieron una tasa de devaluación anual promedio superior al 20%: Bielorrusia, Myanmar, Sudán, Sudán del Sur, Siria, Venezuela y la Argentina. Es decir, la devaluación de las monedas locales paso de ser una característica distintiva de una parte considerable de la comunidad de las naciones a ser un problema restringido a zonas de guerra o de crisis económicas o políticas totales.

Fuente: Invenómica con datos del Banco Mundial.

Lo mismo sucede con la inflación. Tasas de inflación superiores al 20% anual durante la última década son privativas de cinco economías en el mundo tan selectas como marginales, y entre las que lamentablemente se encuentra la Argentina. En el último cuarto del siglo XX (salvo el período de vigencia de la ley de Convertibilidad) la Argentina compartía esa triste realidad con un lote más amplio de países: alrededor de 45 Estados entre los que se encontraban Brasil, Chile, México, Uruguay, Perú, Israel y Polonia, que abordaron el obstáculo, lo solucionaron y avanzaron a fases superiores de la estabilidad macroeconómica.

Es como si la Argentina estuviera viviendo una realidad paralela en la cual conviven la telefonía celular, la inteligencia artificial y el big data, junto con discusiones importantes y modernas como igualdad género o ecología, y de fondo se toca siempre la misma música con los eternos instrumentos desafinados. Mientas en el mundo se debate y se invierte en el diseño tecnológico y económico de los próximos 100 años, en la Argentina prevalece la discusión, la cultura y la lógica política propia de la posguerra, y un abordaje a los temas económicos con recetas de otra generación.

Las medidas económicas a las que nos acostumbramos los argentinos demuestran una falsa innovación, porque en el fondo son soluciones arcaicas para problemas que ya casi nadie tiene en el mundo. Entonces, a no equivocarse. El mundo transita el primer cuarto del siglo XXI con nuevos desafíos, pero la Argentina sigue anclada en la retórica política y económica del siglo XX.

Los ciclos de stop and go son recurrentes y bruscos frenos a la economía argentina, como consecuencia de la restricción externa, la falta de divisas para sostener el crecimiento y de una estructura productiva desequilibrada. Fueron descriptos de gran forma por Marcelo Diamand a principios de los años 70, tomando en su momento como referencia información estadística de la historia económica argentina, y hoy cincuenta años más tarde siguen siendo eje central de la agenda de política económica.

La Argentina aborda sus eternos y crónicos problemas con viejas soluciones, comete el mortal error de recurrir siempre a su primitiva caja de herramientas, aportando versiones cada vez más forzadas y por lo tanto predecibles e ineficientes.

La Argentina es hoy el personaje popular “Enrique el antiguo”, tan maravillosamente protagonizado por Guillermo Francella. En un contexto colorido y moderno, aportaba el gris del pasado, y comentarios y análisis que ya nadie entendía por pertenecer a otra época, estaba desenfocado, desentonaba. Y hoy desentonar en este mundo tan competitivo e innovador tiene un costo altísimo:  empobrecimiento e intrascendencia.

Fuente: Invenómica con datos del Banco Mundial y del FMI.

Reconocer las propias vulnerabilidades como nación y economía es el primer paso para tener la audacia de rediseñarnos, actualizar nuestro modelo mental modelo ochenta y plantearnos nuevos objetivos.

Hoy el mundo con sus problemas, pandemias y dubitaciones, insinúa o al menos aspira a una furiosa recuperación, y como viene ocurriendo desde hace décadas, empujada por tecnologías disruptivas y sectores innovadores. No parece que está sea la agenda argentina para los próximos años.

En lugar de deambular alrededor de viejos conflictos y proponer soluciones a todas luces incompletas, poco ambiciosas y finalmente nocivas, la Argentina necesita un fuerte cambio de timón. Hoy no hay soluciones económicas fáciles y de coyuntura. No existen herramientas de manual de macroeconomía que mágicamente restablezcan un sendero de crecimiento virtuoso y permitan salir de la crisis evidente y profunda, que se expresa en la volatilidad del dólar, pero se siente en la pobreza extrema. Rezar para que llueva y mejoren los precios de nuestras exportaciones de bienes básicos puede ayudar, pero es recomendable complementarlo con otras medidas más terrenales.

La solución es política, y como nunca nuestros dirigentes sin distinción partidaria tienen que abordar las dificultades con responsabilidad, y despojarse de la conflictividad binaria permanente y del dogmatismo absurdo.

No se trata de elucidar cuestiones filosóficas, sino de generar las condiciones macroeconómicas de mediano y largo plazo para que, como sucede en casi todos los países del mundo, el sector privado emprenda, crezca y genere riqueza y empleo. En definitiva, consensuar un plan robusto que nos permita solucionar nuestros problemas eternos (fiscales, de moneda, de balanza de pagos, sociales, etc.) y ser un jugador creíble, normal y reconocido en el contexto de las naciones.

La inestabilidad y la incertidumbre, nos llevan a tener una mirada pesimista y de corto alcance. Para limitar los miedos, animarse a enfrentar nuevos desafíos como nación, y pretender rediseñarse, la Argentina necesita una nueva agenda. Un plan consensuado que unifique el esfuerzo diario de su población trabajadora y emprendedora para superar sus problemas crónicos y de otra época, sacarla de la intrascendencia y hacer de la Argentina un país próspero que merezca ser vivido y construido.