Situación Estados Unidos 3er Trimestre 2017

Editorial

La mayoría de los expertos estaría de acuerdo en que el ciclo de expansión actual ha sido anémico. Desde 2010, el crecimiento medio del PIB real ha sido del 2,1 %, significativamente por debajo del 3,2 % registrado entre 1992 y 2007. Con el tiempo, la diferencia acumulada entre las dos sendas podría resultar bastante dramática. Después de 15 años, el ciudadano promedio sería un 17 % menos rico y un 38 % más pobre después de 30 años. Dado que el crecimiento del PIB puede desglosarse en fuerza laboral, capital y productividad, la mayoría de las explicaciones se centran en una o más de estas categorías.

La persistente desaceleración del crecimiento de la fuerza laboral y la tasa de participación en un contexto de envejecimiento de la población se suelen utilizar como explicaciones de una menor contribución de la mano de obra.

El cambio hacia la economía digital también se esgrime como una razón para una inversión más anémica. Cada vez son más las personas que trabajan desde su casa, compran en Internet o usan videoconferencias y, por lo tanto, se necesitan menos estructuras a gran escala como autopistas, centros comerciales o aeropuertos. Además, se culpa a la globalización, la deslocalización y al aumento del porcentaje de la producción del sector de servicios del estancamiento de los salarios reales, de la desaceleración de la demanda de mano de obra poco cualificada, del empeoramiento de la desigualdad de ingresos y de la disminución del espacio de trabajo.

Sin embargo, el mayor desafío radica en explicar la importante desaceleración del crecimiento de la productividad, que en promedio es del 0,4 % desde 2011, un cuarto de la tasa de crecimiento entre 1950 y 1979 y la mitad del crecimiento entre 1980 y 2007. Tal vez, el alto crecimiento de la productividad debe considerarse algo atípico, ya que ha habido inventos extraordinarios como los antibióticos, el motor de combustión y el ordenador personal que tuvieron efectos gigantescos y duraderos sobre la economía, algo que los mensajes de texto, los smartphones y el Wi-Fi puede que nunca logren. Además, la inversión y la innovación pueden verse limitadas por la falta de mercados libres y de competencia.

Un número reducido de empresas grandes y poderosas, principalmente interesadas en maximizar los resultados financieros trimestrales y obtener beneficios a través de la búsqueda de rentas, desalientan a las nuevas empresas y reducen los incentivos para iniciar un negocio o invertir en I+D. Dado que la productividad no se puede observar, su estimación depende de la calidad de las medidas utilizadas para la producción, el trabajo y el capital. La estimación de estas variables no siempre resulta sencilla, sobre todo cuando la economía depende más de la producción del sector de servicios, soporta una de las crisis financieras más profundas, experimenta cambios demográficos, atraviesa una profunda transformación tecnológica e implementa algunos de los cambios regulatorios más dramáticos de la historia moderna; todo ello sumado a una creciente polarización e incertidumbre en el plano político. A primera vista, los datos apuntan a que la economía se está estancando.

Sin embargo, mientras que la demografía, la digitalización y la creciente debilidad de las instituciones están teniendo efectos tremendos, la desaceleración de la productividad puede ser menos grave de lo que parece, sobre todo si se subestima la producción. En primer lugar, el crecimiento más débil del PIB en el ciclo actual puede atribuirse casi por completo a la contribución negativa del gasto público y a un crecimiento más anémico del consumo personal de servicios. Lo primero refleja el resultado de amargas negociaciones políticas después de la crisis encaminadas a evitar el incumplimiento de la deuda pública y la reducción del gasto federal real. Aunque esto último puede explicarse por la inusual debilidad del gasto personal en servicios no negociados en el mercado y, por lo tanto, se imputan como costes de alquiler de vivienda ocupada por el dueño, servicios financieros prestados sin remuneración y gastos de entidades sin fines de lucro que prestan servicio a los hogares.

Dado que el cálculo de estos componentes de gastos no observables resulta muy sensible a las variables financieras y los costes sanitarios, la caída en el precio de la vivienda, el colapso de los préstamos bancarios y de la calidad crediticia, los tipos de interés ultrabajos y la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud (Affordable Care Act) tuvieron un efecto sin precedentes sobre el gasto total y, por tanto, el PIB. Por ejemplo, entre 2010 y 2015, el gasto nominal en servicios financieros prestados sin remuneración aumentó un 27 %, pero el gasto real disminuyó un 5 %. De hecho, la suma de estas categorías no observables explica casi el 60 % del lastre del crecimiento real del PIB en 2010-2015, y su exclusión produciría un crecimiento promedio anual del 3,5 % en el mismo período. Esta tasa es similar a la de 1992-2007. En segundo lugar, el período posterior a la crisis ha mostrado fuertes movimientos en los precios de las materias primas, el valor del dólar estadounidense, los kilómetros recorridos y el consumo de combustibles para vehículos de motor. Cuando los precios de las materias primas estaban altos y el dólar débil, las inversiones en exploración minera, equipo ferroviario y maquinaria agrícola y petrolera se dispararon, las exportaciones netas crecieron más rápido y se conducía menos y se compraban vehículos más eficientes. Cuando los precios de las materias primas disminuyeron y el dólar se fortaleció, la inversión se desplomó, el déficit comercial se amplió y aumentó el consumo de combustible y los kilómetros recorridos.

Por ejemplo, entre 2009 y 2013, la inversión real en exploración minera y construcción de pozos aumentó casi un 70 %, sumando un 0,1 % al crecimiento del PIB real cada año. Sin embargo, entre 2014 y 2016, se redujo más del 60 %, restando un 0,3 % al crecimiento del PIB real en 2015 y 2016

Fuente: BBVA Research

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