Nuevo entorno geopolítico: la competencia estratégica entre potencias

Por Julio Burdman

Desde el ataque del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas, y antes también, el eje ordenador de la estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos fue la llamada “guerra contra el terrorismo”. El enemigo estaba en los “estados canallas” (Irak, Irán, Corea del Norte y otros; la lista se actualizaba con frecuencia) y organizaciones no estatales irregulares etiquetados como terroristas y como amenazas para la seguridad de los Estados Unidos (Al Qaeda, ISIS y el crimen organizado transnacional fueron símbolos de ello). Este paradigma fue muy influyente en las relaciones internacionales de las últimas décadas. Para los países medianos y emergentes interesados en mantener relaciones óptimas con Washington y sus aliados, significaba que debían comprometerse con esta guerra, y cooperar con Estados Unidos y la OTAN en la guerra contra las mencionadas amenazas. Pero este paradigma está experimentando un cambio acelerado en los últimos meses. Estados Unidos no dio por terminada la Guerra contra el Terrorismo pero ahora ha identificado otra prioridad: la rivalidad con China y Rusia. Esto es lo que dice la última versión, publicada hace algunas semanas, de la Estrategia Nacional de Defensa (END) de este país: el desafío central de la prosperidad y seguridad de los Estados Unidos es la reemergencia de la competencia estratégica y de largo plazo con los ‘poderes revisionistas’”.

Estos son China y Rusia, descritos por la END como países que quieren “moldear el mundo en función de sus modelos autoritarios”, y ganar poder de veto sobre las decisiones económicas, diplomáticas y de seguridad de otros estados.

Comparada con sus predecesoras, la administración de Donald Trump puede lucir caótica, y en más de un sentido lo es. Se ha caracterizado por anuncios altisonantes, una comunicación amarillista, propuestas demagógicas y una muy alta rotación de funcionarios en puestos claves. Pero este giro hacia la rivalidad con las otras dos grandes potencias no es un golpe de timón. Representa un consenso extendido en Washington, que alcanza al Congreso. De hecho, demócratas y republicanos presionaron a Trump para que abandonase sus intenciones iniciales de propiciar una alianza militar con Rusia y Turquía para intervenir en Siria y derrotar al Estado Islámico. La investigación de los nexos entre Trump y Moscú, ya denunciados por Hillary Clinton desde la campaña electoral, llegaron a poner el riesgo la continuidad de su mandato. Hasta que, finalmente, el Presidente, el Departamento de Estado y el Consenso bipartidario en el Congreso se alinearon detrás de la nueva política.

Tanto la reelección de Putin de ayer domingo, con más del 76% de los votos, como el reciente anuncio de la intención de Xi Jinping de promover una reforma política en China para prolongar su mandato fueron presentados por gobiernos y medios occidentales como confirmaciones del supuesto carácter no democrático de las dos potencias rivales. Las acusaciones contra Rusia por el intento de asesinato de un ex espía en territorio británica, llevadas adelante por el gobierno de Gran Bretaña con intervención directa de Theresa May, llevaron a una virtual suspensión de las relaciones diplomáticas entre ambos países, y a la conformación de un bloque antiruso en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. La sola hipótesis de un quiebre en el Consejo de Seguridad plantea la mayor crisis en el “orden mundial” desde la Guerra Fría.

En la formulación inicial de la estrategia de Trump, el paradigma de la competencia entre potencias estaba presente. Trump expresó desde la campaña electoral su intención de liderar una guerra comercial y monetaria contra Beijing. En ese contexto, sus aparentes acercamientos a Vladimir Putin se asemejaban a una intención de separar a Moscú de Beijing, aliados incrementales desde hace 10 años. Sin embargo, el factor adicional que pone Trump sobre la mesa de la competencia entre potencias es su desconfianza y activismo contra el sistema comercial global. No solo Trump ha terminado el Acuerdo Transpacífico, amenaza recurrentemente al NAFTA y ha creado un clima favorable a la expansión de las barreras comerciales (con consecuencias directas sobre las exportaciones argentinas, como en el reciente caso del biodiesel). Su embate contra las importaciones de acero y aluminio afectan a sus aliados directos, que son los proveedores de estos materiales no naturales: Canadá, Europa, México y Corea del Sur.

Los países de América Latina -incluyendo a los de la Alianza del Pacífico, que son socios políticos y comerciales de Washington- vienen intentando diversificar su comercio exterior y acercarse cada vez más a China (y a Rusia) desde la llegada de Trump a la Casa Blanca. Por eso, el entorno geopolítico global se ha convertido en una fuente de incertidumbres para los países latinoamericanos. En el marco de la escalada de una guerra económica con las potencias, Estados Unidos puede promover movimientos en la tasa de interés para aspirar capitales. En ese mismo marco, y en algunos proyectos puntuales, Washington puede llegar a ver con malos ojos el acercamiento a las potencias globales de sus “aliados seleccionados” en el hemisferio sur. Sobre todo, de aquellos que revistan un carácter estratégico para la estrategia de seguridad nacional. Washington está moviéndose hacia un overlapping explícito de su estrategia económica y su política de seguridad nacional; eso, en el pasado, constituyó un motor de inestabilidad para las periferias.

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Fuente: Analytica

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