Monitor Macroeconómico – febrero 2018

Cuentas públicas sanas permiten una moneda sana
Por Ramiro Castiñeira @rcas1
Desde 1810 hasta 1944, Argentina convivió con una inflación que en promedio no fue
mayor al 3% anual, salvo contados episodios. Pero a partir de 1944 comenzó a tener una
inflación de dos dígitos o más, salvo durante la convertibilidad. Lo que antes era la
excepción, comenzó a ser la regla, acumulando 74 años de elevada inflación.
El origen de la inflación es siempre el mismo: La monetización del déficit fiscal. Tras la
segunda guerra mundial argentina decidió vivir de espaldas al comercio exterior y
apostar al mercado interno. A la fecha, sólo se exporta 10% del PBI, limitando la
capacidad de importar. La apuesta en pleno a un mercado interno chico y de ingresos
medios, rápidamente alcanza un techo y culmina en estancamiento, aumentando las
presiones sociales que finalmente derivan en aumento del gasto público.
El constante aumento del gasto público condujo a un déficit fiscal crónico que se busca
cubrir emitiendo moneda, y esta emisión genera inflación. De esta historia llevamos tres
cuartos de siglo, y en el proceso, pasamos de codearnos con los países potencia, a estar
cómodos entre los emergentes, y en pleno siglo XXI, caímos al inframundo de país
frontera.
Sólo cuentas públicas sanas permiten una moneda sana. No es casualidad que para ser
parte del euro, a los países miembros se les exige un déficit fiscal no mayor a 3% del PBI.
Actualmente argentina tiene un déficit fiscal de casi 7% del PBI entre nación y provincias,
magnitud que es más del doble del máximo tolerado para ingresar al Euro.

Fuente: Econométrica

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