Hacia dónde se dirige el comercio internacional

La siguiente propuesta económica constituye un aporte de la Asociación de Importadores y Exportadores de la República Argentina (AIERA) a la mejora de la situación comercial externa de la Argentina. Hasta qué punto el libre comercio persistirá como lo conocimos, parece ser una incógnita en este tiempo que atravesamos. La multiplicidad de manifestaciones y la serie de acciones llevadas adelante por el nuevo Presidente de Estados Unidos parecerían indicar que algo va cambiar en el esquema de las relaciones comerciales internacionales como se entendieron hasta ahora. La intención del nuevo Jefe de Estado de la Casa Blanca, Donald Trump, es poner condiciones a la política comercial tradicional de su país y renegociar los tratados de libre comercio firmados con otros estados para estimular la economía estadounidense. Pero lo que hace la principal economía mundial, especialmente si intenta actuar más allá de las reglas del sistema económico internacional, no pasa desapercibido en el resto del mundo. Las últimas semanas, durante las reuniones del G-20 en Baden-Baden, Alemania, donde intentan ponerse de acuerdo en el rumbo a seguir las principales economías del planeta, quedó en evidencia las diferencias entre el manejo de la política comercial de Estados Unidos y la de los países restantes. La razón de este contrapunto tuvo que ver con la intención del equipo norteamericano de marcar un punto de inflexión con lo sucedido en el encuentro de septiembre del año pasado en Sangzhou, China, cuando todavía se estaba en campaña electoral en Norteamérica, siendo cada vez más posible que Trump fuera elegido presidente. Tratando de influir en lo que podría cambiar, esa declaración anual de 2016 había rechazado explícitamente el proteccionismo en el comercio y en las inversiones. Ya en la presidencia, desde el mismo comienzo de su mandato, Trump intentó avanzar con medidas cargadas de espectacularidad y simbolismo para intentar ganarse el apoyo de la mayoría de la población norteamericana que lo votó, desencantada por las dificultades que ha experimentado en las últimas décadas para mantener sus condiciones de trabajo y bienestar. Las acciones del nuevo presidente se iniciaron a fines de enero, cuando dio la orden de retirar a ese país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, un tratado polémico para la mayor parte de los estadounidenses, y cuando comenzó las negociaciones para modificar las condiciones del NAFTA, el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá. También firmó una orden ejecutiva que impedía la entrada a EEUU a personas de 7 países musulmanes y suspendió la entrada de refugiados de guerra por 120 días. No fueron las únicas acciones del nuevo presidente. La mayor parte de las que le siguieron tuvieron como protagonista central a México. El tono y la repercusión de las medidas no fue muy diferente de las anteriores: estridentes amenazas a muchas empresas para que no trasladen su producción fuera de Estados Unidos (principalmente al vecino del sur); el intento de construcción de un muro fronterizo para impedir el ingreso de inmigrantes mexicanos y de América Latina llegados desde ese punto cardinal (y pretendiendo que México se hiciera cargo del costo de la construcción del mismo); la ya mencionada intención de renegociar el NAFTA para evitar que las empresas se ubiquen del otro lado de la frontera para fabricar los productos que se consumen en USA; y el anuncio altisonante de aumentar los aranceles de importación fronterizo.

Con estos antecedentes y de vuelta en la reunión de los ministros de finanzas del G-20, en BadenBaden en el mes de marzo, esta vez la influencia de la delegación norteamericana tuvo el peso suficiente para lograr que se retiraran del texto final de la declaración de la cumbre dos menciones críticas: la condena al proteccionismo y un nuevo apoyo al acuerdo de París sobre el clima (Trump puso al frente de la Agencia de Protección ambiental de USA a una persona que se ha declarado escéptico frente al cambio climático). La declaración oficial final de la reunión contiene sólo una leve referencia a “trabajar para fortalecer la contribución del comercio a nuestras economías”. El hecho es simbólico, pero marca el poder real de este país y la determinación que ha asumido su gobierno para llevar adelante su política internacional. Viene al caso recordar que en la cumbre de China de 2016 la declaración final había representado un amplio consenso de los líderes mundiales respecto de la idea de impulsar políticas que apuntaran a lograr el apoyo de la población al libre comercio. En aquel momento, al ascenso de la figura de Trump había sucedido al voto mayoritario en Gran Bretaña por la salida de la Unión Europea. También era cada vez más claro en varios países de ese continente el apoyo a movimientos y partidos políticos de extrema derecha con ideologías xenófobas, racistas y antieuropeas. En ese momento el G-20 había sostenido que para combatir el auge de los discursos proteccionistas y anti-libremercado, era necesario un “crecimiento incluyente”. La propia presidenta del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde había sostenido que “el crecimiento ha sido muy bajo durante mucho tiempo y ha beneficiado a muy pocos”. La idea de estos líderes había sido intentar difundir nuevamente las bondades del proceso de globalización a una ciudadanía cada vez más escéptica, que pedía medidas concretas contra la competencia comercial que la amenazaba desde del exterior. Ante estas contundentes manifestaciones electorales y políticas había habido un cierto reconocimiento de que la globalización, que se había iniciado a comienzos de los ´90 con la caída del Muro (de Berlín), no había logrado generar los beneficios prometidos y declamados para las grandes mayorías. Al contrario, y en especial para la población de los países desarrollados que había conocido y se había beneficiado del auge de la posguerra, esta situación había provocado finalmente un retroceso de su bienestar en sus condiciones de vida, mientras veía que la riqueza se concentraba cada vez en menos manos. No hay demasiadas dudas de que lo que Trump quiere llevar a la práctica es un intento un tanto tosco para querer revertir la situación que atraviesa la economía de EE.UU. Los analistas económicos más profundos y agudos no creen que sus acciones extrovertidas por impedir que las empresas inviertan fuera del país, o el intentar detener la inmigración, vaya a resolver el problema de fondo: que los costos fuera de ese país son más bajos y que las ganancias de las empresas son más altas instalándose del otro lado de la frontera. De alguna manera, son las instituciones y organizaciones norteamericanas las que le están señalando al nuevo presidente que, por un lado, muchas de sus medidas atentan contra las leyes y derechos de ese país, pero también que muchas de sus políticas atentan contra la esencia de la nacionalidad de Estados Unidos, que se considera adalid de la libertad, del trabajo, del libre comercio y que es una nación abierta al mundo, para todas aquellas personas con el deseo y la voluntad de esforzarse, trabajar y progresar. Estados Unidos ha sido el país que ha ideado y montado, desde antes de que finalizara la Segunda Guerra Mundial, el sistema de instituciones y reglas que aseguran el orden económico mundial actual. Muchas de las acciones del gobierno de Trump van en sentido contrario. Desde las primeras reuniones de Bretton Woods en 1944, en que pasó a ser la principal economía del mundo, Norteamérica fue el máximo luchador por mantener el libre comercio en todo el planeta al costo que fuera necesario. Si ahora le da la espalda a esa situación, qué le espera a la suerte de esas instituciones y reglas, en una comunidad internacional alterada por las dificultades. La solución de los problemas en Estados Unidos y en Europa no pasa por cerrarse y atacar a los de afuera, sino por resolver los problemas de su economía y los aspectos de la misma que no están beneficiando a las mayorías: las contradicciones entre los intereses de las empresas transnacionales y los estados nacionales; la fuga de dinero del sistema productivo al circuito financiero; el no pago de los impuestos de las grandes fortunas; el desfinanciamiento y desmantelamiento del sistema de bienestar, las medidas que castigan a las pequeñas empresas que generan empleos locales, entre otros. Mientras tanto, enfrentamientos entre líderes y bloques como el sucedido en Alemania se van a repetir en lo sucesivo, alentados por las decisiones electorales de las mayorías asustadas de los países desarrollados. Lo que acontecerá en los próximos meses no son cuestiones menores. ¿Qué pasará con la gobernanza del comercio mundial si Estados Unidos no obedece los mandatos de la OMC? Con el antecedente del Brexit, ¿habrá otros países que sigan a la mayor economía mundial en su nueva orientación económica y comercial? ¿Cómo afectarán estas medidas a los países emergentes? ¿Cómo responderán económica y comercialmente los nuevos países líderes exportadores, afectados por este tipo de medidas? Los próximos años irán mostrando como evoluciona este proceso. Mientras tanto, desde el lado de los países emergentes, y especialmente desde el lado de Argentina y de América Latina, está llegando cada vez más imperiosamente la necesidad de organizarse y unirse para el nuevo escenario que se va modelando: un mundo menos librecambista. Además de que hay que apoyar y solidarizarse con un país hermano como México por la situación difícil que está atravesando debido a las presiones que está recibiendo, hay que imaginar (y empezar a construir) un nuevo escenario que sea beneficioso para la región y para los países que la integran. En el caso de países emergentes con estructuras económicas no desarrolladas, un “Merco-exit” no sería negocio. Es el momento de profundizar la integración regional, que debe ser la integración de las estructuras económicas y no sólo del comercio. Solo ahondando la producción local y profundizando la producción intensiva regional se podrá dar respuesta y solución a las demandas de una población que, al igual que en el mundo desarrollado, también aspira a vivir mejor, a poder trabajar y a progresar.

Fuente: AIERA

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