Economic GPS Nro 24 – Abril 2017

Informe económico mensual realizado por el área de Economía de PwC Argentina.

La importancia de las exportaciones frente al desequilibrio fiscal

Uno de los principales desafíos que presenta la Argentina es el de reducir de manera sostenible su déficit primario y fiscal. La opción de llevar adelante una reducción gradual del desequilibrio fiscal implica la necesidad de financiarlo a través del mercado de deuda (local y del exterior). En este punto es necesario entender la dinámica de las exportaciones como variable que, en el mediano plazo, generarán las divisas genuinas para el repago de los servicios de deuda. En definitiva, la deuda de hoy son las exportaciones de mañana.

El campo cumplió con su parte

Con la cosecha de trigo ya concluida y en pleno proceso de trilla de las cosechas de soja y maíz, el campo argentino se apresta a consolidar una de las mejores cosechas de su historia con aproximadamente 120 millones de toneladas.

El rol de las reservas internacionales

Las reservas internacionales de un país son aquellos activos externos nominados en moneda extranjera y de rápida disponibilidad en posesión de la autoridad monetaria. La acumulación de reservas se da a partir de sucesivos superávits de la balanza de pagos. El Banco Central ha anunciado recientemente su intención de llevar las reservas al 15% del PIB (aunque en un plazo no definido), lo que podría interpretarse como una señal de la importancia de mantener un adecuado nivel de liquidez frente al incierto contexto internacional.

Global Coordinates

Perspectivas mundiales del trigo, maíz y soja

El pasado 11 de abril el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) publicó un nuevo informe mensual  donde brinda detalles de las estimaciones de producción, oferta y demanda de los principales commodities agrícolas a nivel mundial.

 Editorial

Ponerse en forma: la hora de la micro

La economía argentina venía arrastrando profundos desequilibrios macroeconómicos en, al menos, tres sectores clave: el fiscal, el monetario y el externo. Los síntomas más agudos de dichos desequilibrios eran las restricciones cambiarias y la inflación, no obstante, el origen de ambos puede indudablemente rastrearse hasta el exceso de gasto público. No podía controlarse la inflación a menos que pudiera romperse la dominancia fiscal, es decir, que la tesorería pudiera financiarse de fuentes alternativas al Banco Central, y no habría acceso al financiamiento genuino a menos que se llegara a un acuerdo con los acreedores internacionales que no habían accedido al canje de la deuda en default (holdouts).

Por razones sociales, políticas, económicas – o una combinación de ellas – la administración del Presidente Macri, a diferencia de la manera en que históricamente se encararon los desequilibrios fiscales en Argentina, optó por  un “ajuste expansivo”, en el sentido de que no pretende llegar al equilibrio fiscal mediante una reducción en términos nominales o reales (en este caso licuando vía devaluación y/o inflación) del gasto, sino más bien a partir de un ajuste gradual que permita que la expansión de la economía genere recursos tributarios que crezcan a una tasa más veloz que la que lo hacen los gastos, de modo tal de cerrar la brecha en el futuro.

Pero para poder hacer gradual el ajuste fiscal, era necesario atacar de manera inmediata (a modo de shock) el frente externo. Para ello se liberaron las restricciones en el mercado cambiario y se dejó flotar el tipo de cambio, se eliminaron o redujeron significativamente las retenciones a las exportaciones y se llegó a un acuerdo con los holdouts. El éxito inicial en este campo permitió unificar el tipo de cambio sin una significativa sobre-reacción (overshooting) y que la Tesorería pudiera comenzar a financiarse en los mercados de capitales a tasas de interés con menores primas de riesgo país. De este modo, el Banco Central comenzó a ganar autonomía en el manejo de la política monetaria.

La herramienta de política monetaria elegida fue el establecimiento de un programa de metas de inflación mediante el manejo de la tasa de interés. Sin embargo, el fenómeno inflacionario no responde sólo a factores monetarios, sino que también se ve afectado por la corrección de determinados precios relativos de la economía (fundamentalmente energía y servicios públicos). De esta manera, el pass through de la depreciación inicial y la corrección en los precios relativos implicaron un aumento de la inflación en 2016. Sin embargo, cuando se observa su comportamiento a lo largo del año, claramente se pueden diferenciar los dos semestres: un primer semestre que hubiera implicado una inflación de aproximadamente el 70% si se anualizara la tasa promedio de esos seis meses, y un segundo semestre donde igual procedimiento hubiera arrojado una tasa promedio anualizada de aproximadamente 20%.

En consecuencia, el nivel de actividad se movió a dos velocidades: los sectores vinculados a las exportaciones tradicionales (productos agrícolas y sus manufacturas, maquinaria agrícola, etc.) tuvieron una fuerte recuperación a pesar del menor nivel de precios internacionales, apoyados en un mejor tipo de cambio efectivo debido a la depreciación y a la quita/reducción en las retenciones; mientras que los sectores vinculados al consumo interno sintieron el impacto del menor ingreso disponible, afectado por la inflación y los aumentos en las tarifas de los servicios públicos.

No obstante, es de esperar que el consumo comience a recuperarse a lo largo de 2017. Por un lado, por el efecto dinamizador de la inversión pública que comenzó a acelerarse desde fines de 2016 y, por el otro, porque hacia el segundo semestre debería comenzar a recuperarse el ingreso disponible en términos reales. En efecto, si el comportamiento de la inflación repite el patrón del año anterior, es de esperar que el impacto en la corrección de los precios relativos tenga lugar durante el primer semestre del año. Así, si bien se espera que durante el primer semestre la inflación promedio anualizada esté en torno del 25%, es de esperar que el segundo semestre evidencie una fuerte reducción. Si el endurecimiento de la política monetaria tiene éxito, la inflación podría ubicarse en el segundo semestre en torno al 10% (como promedio anualizado), terminando el incremento promedio anual de los precios de la economía cercano a la meta fijada por el Banco Central. De esta manera, luego de los ajustes de las paritarias que se están desarrollando en estos meses, el ingreso disponible en términos reales tendría una mejora que repercutiría en la economía real.

Ahora bien, esta combinación de medidas ha colocado a la economía argentina en una posición de oferta de dólares (por endeudamiento público nacional y provincial, sinceramiento fiscal, inversiones, carry trade, etc.) que presiona hacia la apreciación al tipo de cambio y, aun cuando recientemente el Banco Central ha hecho explícito un objetivo de reservas internacionales que podría funcionar como sostén del tipo de cambio, el equilibrio transitorio de precios relativos internos y tipo de cambio vuelve a poner sobre el tapete un antiguo debate sobre la estructura económica: la existencia de al menos dos sectores, con productividades muy diferenciadas, y que requerirían niveles de tipo cambio diferenciales.

Descontando la implementación de una política de tipos de cambio múltiples, cuya eficiencia ha probado ser muy baja – no solo en el caso argentino -, se hace necesario implementar políticas que reduzcan los costos e incrementen la competitividad de aquellos sectores cuyos márgenes pudieran verse comprimidos dado el nivel de tipo de cambio, sobre todo porque para poder asegurar el financiamiento externo – sin un ajuste no previsto del tipo de cambio – es necesario evitar que se generen expectativas que pongan en duda la solvencia intertemporal del sector público y su capacidad para hacerse de dólares que permitan el futuro repago de la deuda.

Por este motivo, deberían implementarse políticas que reduzcan el costo fiscal, laboral y financiero de las empresas y eliminen trabas burocráticas y regulaciones innecesarias; y debería privilegiarse aquella inversión pública que tenga un impacto significativo en la potencial mejora de productividad y competitividad del sector privado. Iniciativas a nivel macro – como las reformas fiscal, laboral y del mercado de capitales – o micro – como los acuerdos sectoriales en el sector energético, de la construcción automotriz y para las PyMEs-, apuntarían en este sentido.

Por su lado, el sector privado deberá aguzar la creatividad para reducir costos y maximizar la eficiencia, aprovechando las oportunidades que presenta la innovación tecnológica, de modo tal de ponerse en forma para un tipo de cambio que presenta un escenario competitivo que, al menos en el corto y mediano plazo, ha llegado para quedarse.

Fuente: PWC

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